Héctor Rubio dice adiós. El capitán del Conquense se despidió de manera emotiva, acompañado de antiguos compañeros, de la actual directiva, de amigos y de su familia. Un sencillo acto pero igualmente intenso para un jugador que defendió la elástica blanquinegra en 286 ocasiones, a lo largo de doce años (cuatro en categorías inferiores, ocho en el primer equipo).
Protagonizó la mesa, con su hermano Iván Rubio al fondo en el cartel -y, también, en la sede del club del Conquense en el Centro Comercial El Mirador-. Héctor estuvo secundado por Alberto Asensi, presidente del Conquense, y César Navas, director deportivo y uno de los tres nuevos inversores, pero fue el jugador quien tuvo en todo momento la palabra, de igual manera que hacía en el campo con el balón para distribuir juego.
Agradecido. Así se mostró en un discurso improvisado -en cuanto a que no había ningún papel de apoyo- donde no se olvidó de nadie. Como también hacía en el terreno de juego donde no necesitaba ningún apoyo para saber dónde estaban situados todos sus compañeros. Héctor desgranó poco a poco su carrera y se acordó del presidente que le trajo al Conquense, Luis San Juan, como de un Ángel Mayordomo que se ha convertido en amigo para toda la vida. También tuvo palabras positivas para Alberto Asensi y César Navas.

La decisión de retirarse no le ha sido fácil. Quien haya seguido su trayectoria sabe lo emocional que es el futbolista, dentro y fuera del terreno de juego, como también conoce las dificultades que pasó. Recordaba con especial cariño su paso por el San José Obrero, a los que lideró para conseguir el histórico ascenso de la 14/15 a Tercera División, pero sobre todo por lo bien que le trataron en el club en un momento muy difícil para él por el fallecimiento de su madre. También el Conquense, que le ha respetado su trabajo como archivero en los últimos cuatro años y, también por una complicada situación familiar relacionada con su pareja en este último año.
Por supuesto, también se mostró «orgulloso» de que aquel recogepelotas que acudía cada domingo a La Fuensanta con su padre acabara convirtiéndose en futbolista durante tanto tiempo del Conquense.
El sí ganó en ocasiones al no
No es fácil despedirse de aquello que has hecho toda la vida, pero las circunstancias también llevan a ello. Héctor Rubio reconoció que llegó a decir que sí, a que continuaba, a César Navas, pero justo fue pronunciar esa palabra y su cuerpo notó que algo no iba bien. Porque el Héctor Rubio que llegó al Conquense ha crecido como futbolista y como persona, y el que ahora se retira es una persona con otras inquietudes y responsabilidades. El lado personal le terminó decantando la balanza hacia su retirada como futbolista y, a pesar de su sí inicial, terminó declinando el seguir jugando a pesar de que ‘solo’ cuenta con 33 años.

Una carrera «humilde»
El jugador definió su carrera con la palabra «humilde», aunque quien suscribe este artículo discrepa de esa definición. Si nos vamos a méritos deportivos, pocas personas pueden presumir de siete ascensos -tres a Segunda B y Segunda RFEF con el Formac Villarrubia y dos con el Conquense, otro histórico a Tercera con el San José Obrero más otros tres en la Comunidad Valenciana con diferentes equipos, también a Tercera-, de encima ser protagonista en todos ellos y de acabar la carrera cuando él ha querido y no cuando el fútbol le obligó. No solo eso, sino que lo hace en el momento más álgido de su trayectoria, porque por más ascensos que consiguió, no fue hasta la pasada 24/25 cuando pudo dar el salto a Segunda RFEF -fue descartado del Formac Villarrubia y el primer Conquense con el que subió-.
Para la historia quedará su foto como capitán en el partido ante la Real Sociedad en Copa del Rey, un partido que ya marca un antes y un después en el Conquense. Y, más importante en especial para él, podrá presumir de haber compartido equipo con su hermano. Iván Rubio, «mi referente», y él compartieron vestuario y pudieron vivir una experiencia inolvidable y difícil de replicar por cualquier futbolista.

Pero el valor de Héctor Rubio va más allá de lo que haya mostrado sobre el césped. Hay pocas personas en un vestuario que tengan la capacidad de hablar y ser escuchadas sin levantar la voz. Porque Héctor es de esos jugadores que defiende a sus compañeros ante todo y contra todos, a veces incluso anteponiendo su propio bienestar. Y es por eso que es un futbolista tan querido y respetado por compañeros y rivales, ya que estos intangibles del fútbol son más importantes que las estadísticas en el césped.
Los últimos cuatro capitanes del Conquense, juntos por una buena causa
Las palabras se las lleva el viento y quien me lea puede pensar que es fácil decirlo, pero no tanto demostrarlo. Por suerte, los hechos siempre superan a lo que pueda salir en cualquier ‘panfleto’, y es que Héctor Rubio dejó atras su carrera como jugador bien acompañado. Por su familia, por antiguos entrenadores, por sus amigos y, también, por sus antecesores en la capitanía del Conquense.
José Vega, Daniel Gérika e Iván Rubio estaban en la sede para mostrarle el mayor de los respetos. No dudaron en hacerse una foto final de despedida, si bien los cuatro siguen enrolados en el Conquense en diferentes puestos de responsabilidad.

Se retira un futbolista, nace un entrenador
Decir adiós no significa despedirse para siempre. Porque si algo bueno tiene la marcha de Héctor Rubio es que podrá comenzar con todas las garantías su carrera como entrenador. Será el próximo técnico del Conquense Juvenil Nacional, después de trabajar durante varios años en las categorías del club y de conocer de primera mano las generaciones que vienen en el fútbol conquense.
Su capacidad para entender el fútbol, para tomar decisiones o para encontrar debilidades en el rival, son algunas de sus características como entrenador, si bien no son las únicas, puesto que también es de esos tipos que no engaña a los futbolistas ni les regala los oídos, algo especialmente difícil de encontrar y tan bien valorado en un técnico en etapa juvenil -a medio caballo del fútbol competitivo y fútbol formativo-.
Queda Héctor para rato. Quizá no tanto con las botas, pero sí en los banquillos.



































































