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Míriam Vega Guerra, triatleta y madre a jornada completa

Volver al más alto nivel deportivo tras la maternidad no es nada fácil y compaginar ambas facetas puede parecer misión imposible. Pero el trabajo y el empeño de Míriam Vega son capaces de superar cualquier obstáculo.

Desde pequeña le ha perseguido la palabra “constancia”, aunque no en la disciplina deportiva de mayor impacto, en la que se inició ya en la edad adulta. Eso sí, recuerda que de los ocho hasta los dieciocho años practicó y compitió en kárate, consiguiendo el cinturón marrón y a las puertas de obtener el negro: “Tenía selectividad y solo me centré en ello para sacar la mejor nota posible. Estaba a tres semanas de examinarme y me quité. Después no lo retomé”.

Hasta entonces reconoce que el deporte en general y la Educación Física en particular se convirtieron en su asignatura pendiente. Pero en 2017 se matriculó de nuevo en la actividad física y sería en 2019 cuando llegaría la Matrícula de Honor. Hace poco más de un lustro desde que Míriam se calzara las zapatillas de correr por primera vez: “Jose, mi pareja, salía con amigos y se lo pasaban bien. En fin de semana llegaban llenos de energía y quise probar”.

Meses después también se apuntó al gimnasio y, aunque pasaba tiempo en la sala de musculación, su objetivo desde el principio era aprender a nadar: “Lo hacía todo por mi cuenta. Sé que aprendí a nadar muy tarde, pero ahora es lo que más me gusta del triatlón”. Y es que ya solo le faltaba montar en bici para introducirse en la disciplina y ese momento no tardaría en llegar.

Su amigo Rubén le animó a entrenar también sobre dos ruedas y el talante inquieto de Míriam no se pudo resistir: “Tres meses tardé en comprarme una bicicleta. Pero mientras me decidía, seguí haciendo carreras de montaña y asfalto”. Recuerda con cariño su primera media maratón en Valencia en 2017. La ciudad de las flores la vio también participar en su primer súper sprint, en el triatlón de la Mujer, quedando en el puesto 32 en la clasificación general: “Era una distancia muy cortita, pero para mí era muy importante”. Un año después, debutó en el triatlón de Cuenca y aquello no pudo hacerlo más ilusión: “Estaba muy contenta, con hacerlo me conformaba”.

Fue de nuevo la ciudad del Turia la que le brindó la oportunidad de competir en su primera maratón y desde entonces supo que su trayectoria como atleta se encontraba en las distancias largas: “Nunca he sido rápida, pero sí he aguantado mucho. No me considero una gran deportista, solo una persona muy cabezota. Es más lo que me puedo proponer que el deporte en sí. Es cuestión de entrenar y de machacar duro”.

Siguieron llegando medias maratones en la mayoría de ciudades españolas y su crecimiento exponencial la llevó hasta el olimpo del triatlón: ganar la ICAN Gandía, una prueba que cumple con las distancias Ironman. Primera vez que competía y, aunque sin el objetivo de llegar al podio, se preparó durante año y medio y compitió también junto a Jose y Rubén: “No sabíamos a lo que nos enfrentábamos. Sabía lo que era correr una maratón, hacer 180 kilómetros en bici y nadar 4 kilómetros, pero no sabía si lo iba a aguantar todo junto. No me infravaloraba, pero en ningún momento pensé en ganar”.

La gesta mastodóntica marcó un antes y un después en Míriam: “A partir de aquí fue cuando pensé que tenía potencial en esto. Pero al final es cuestión de entrenar y sacrificar muchas cosas”. Llegarían nuevos retos y distancias más largas, una época intensa para Míriam, que encuentra en su compañero de vida un apoyo con el que también comparte su pasión por el deporte. Desde finales de 2019 decidió centrarse en hacer medias maratones en el menor tiempo posible para ganar velocidad. Pero la pandemia paralizó el mundo y también la progresión de Míriam.

Se adaptó a los entrenamientos en casa y reconoce que en sus primeras sesiones tras salir del confinamiento los resultados no terminaban de llegar: “Me costó mucho mentalmente  volver a correr porque no conseguía alcanzar mis ritmos y me agobié”. Pero nada que una buena playlist no pueda mejorar: “Creo que la fortaleza mental se entrena y la música me ayuda mucho a despejarme”.

Poco tiempo después, llegaría la noticia de que Valeria estaba en camino. No podía anunciar su embarazo de otra manera que no fuera tras culminar la Carrera del Pavo. La pequeña nació en julio, pero en diciembre Míriam ya empezó a entrenar con vistas a participar en la media maratón de Sevilla. Antes les esperaba de nuevo la carrera del Pavo en Cuenca: “Fue la primera que hicimos los tres juntos y se me saltaban las lágrimas”.

Ahora, prepara sus rutinas acompañada de Valeria: “Nuestros amigos del club El Trote Gorrinero nos regalaron una silla para correr con la niña y así entreno con ella”. Aunque bajando el ritmo, ha conseguido salir a entrenar con asiduidad: “No soy ni la primera ni la última madre a la que le gusta el deporte, pero la verdad es que lo llevo a ratos. Me está costando mucho volver a mis ritmos y estoy muy cansada, aunque se porte muy bien. Corro lo que puedo y lo que me deja”.

Ha seguido explorando la senda del deporte y por el camino se ha topado también con la escalada: “Empecé haciendo un par de vías ferratas con una amiga y me enganchó, me ayuda a despejarme. También nos apuntamos al silo de Chillarón”. Tendrá que esperar a retomarlo o enseñar a Valeria a disfrutar de las alturas. Mientras tanto, la pequeña sigue los pasos de su madre y la acompaña en cada zancada, cada carrera y cada línea de meta.

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Laura Benedicto Melero