Hay despedidas que uno nunca está preparado para escribir. Por muchas palabras que encuentre, ninguna estará a la altura de todo lo que significaste para quienes tuvimos la inmensa suerte de conocerte.
Dicen que una persona se mide por el bien que hace a los demás. Si eso es cierto, tu vida fue inmensa.
Siempre encontrabas tiempo para ayudar. No importaba quién llamara, ni la hora, ni el problema. Si estaba en tu mano, allí estabas. Nunca esperabas nada a cambio. Eras de esas personas que entendían que tender una mano era una obligación moral, una forma de vivir. Lamentablemente, hubo quien confundió tu bondad con debilidad y acabó aprovechándose de un corazón demasiado grande. De alguna manera, pagaste el precio de ser una buena persona en un mundo donde no todos saben corresponder a la generosidad.
Pero quienes te conocimos de verdad jamás nos quedaremos con eso.
Yo siempre te recordaré por cada gesto, por cada palabra, por cada abrazo sincero y por esa pasión inagotable que sentías por el balonmano. Eras incapaz de rendirte. Siempre había una llamada más, una reunión más, un patrocinador más al que convencer para que el REBI Cuenca pudiera seguir creciendo, pudiera seguir soñando y pudiera seguir estando donde merecía. Vivías el club como se viven las cosas que se aman de verdad: sin horarios, sin condiciones y sin pedir reconocimiento.
Cómo olvidar aquellos abrazos en Torrelavega, en Alicante o en Cuenca. Cómo borrar de la memoria los viajes a Cangas, a Bocholt o a Silkeborg. Los kilómetros compartidos, las conversaciones, las risas, los silencios… Momentos que hoy cobran un valor incalculable porque ya forman parte de ese lugar al que solo se puede regresar con el recuerdo.
Y qué difícil será no volver a escucharte.
Seguiré llamándote alguna vez por inercia, esperando escuchar al otro lado ese inconfundible: «¿Qué tal, Carlos?». Sé que el teléfono ya no sonará como antes. Sé que no habrá respuesta. Pero también sé que, de alguna manera, seguiré sintiendo que estás ahí, cuidando de todos nosotros, sonriendo como siempre lo hacías, quitándole importancia a tus dolores, sin una queja, preocupándote antes por los demás que por ti mismo.
Eso también eras tú.
Ojalá ahora que ya no estás, la gente recuerde únicamente todo lo bueno que hiciste. Porque fue muchísimo. Ojalá tu nombre permanezca donde siempre mereció estar: en lo más alto. En la memoria de Cuenca, en la historia del balonmano y en el corazón de quienes tuvimos el privilegio de compartir parte del camino contigo.
Quizá El Sargal debería llevar tu nombre desde hace mucho tiempo. Quizá alguna parte del nuevo Hospital Universitario de Cuenca también debería recordarte. Porque hay personas que construyen una ciudad desde el silencio, sin buscar medallas ni homenajes. Tú fuiste una de ellas. Y nunca es tarde para reconocer a quienes tanto dieron por los demás.
Hoy el balonmano pierde a uno de sus mayores defensores. Cuenca pierde a uno de sus mejores embajadores. Y muchos perdemos a un amigo que siempre estaba cuando hacía falta.
Gracias por enseñarnos que la verdadera grandeza no está en los cargos, ni en los títulos, ni en los aplausos. Está en ayudar sin preguntar, en dar sin esperar, en querer sin condiciones.
Descansa en paz, Isidoro.
Estoy convencido de que seguirás sonriendo allá donde estés. Y nosotros seguiremos buscándote en cada partido, en cada viaje, en cada rincón de El Sargal. Porque hay personas que nunca se marchan del todo mientras alguien siga pronunciando su nombre con cariño.
Hasta siempre, amigo.
«Las buenas personas nunca mueren del todo. Permanecen viviendo en cada vida que ayudaron a mejorar. Y tú, Isidoro, vivirás para siempre en la de muchos de nosotros.»


































































