El tiempo, como siempre, pone a cada uno en su sitio. Y seis meses después, tanto en los juzgados como en el terreno de juego, la realidad ha hablado con claridad.
La reciente sentencia judicial confirma que la decisión adoptada por el club en septiembre fue conforme a lo pactado entre las partes, quedando la relación plenamente liquidada en los términos establecidos . Pero más allá de lo jurídico, donde los hechos son claros, es el fútbol el que ha terminado de dar la razón al club.
El cambio de entrenador no fue una decisión impulsiva ni únicamente vinculada a los resultados. Respondía a un problema de fondo: una planificación deportiva equivocada. Se ejecutó una idea que hoy se ha demostrado errónea, centrada en el concepto de “jugar bonito”, como se defendió públicamente en los primeros días, pero sin construir una base competitiva real. Nunca se habló de competir cada partido, de ser un equipo sólido, ordenado y fiable. Y eso, inevitablemente, tuvo consecuencias en el rendimiento.
De hecho, días antes del despido ya se trasladó internamente la necesidad de ajustar el modelo y priorizar la competitividad, algo que no fue asumido. El propio Pulido lo dejó entrever en declaraciones posteriores, defendiendo su idea de juego incluso tras su salida. Esta falta de adaptación se vio reforzada por la línea compartida con César Navas, cuya posterior salida del club —tanto en su rol como director deportivo como en su vinculación posterior— refleja la coherencia de una visión muy alineada con ese enfoque inicial. Una apuesta clara por el “juego bonito”, pero alejada de la realidad competitiva que exigía el equipo en ese momento.
No es casualidad, además, que ese modelo de juego y de perfil de jugador pueda verse hoy reflejado en otros equipos de la categoría que se encuentran en posiciones de descenso o muy cerca de ellas. El fútbol, una vez más, es el mejor termómetro de las ideas.
Esa planificación, además, dejó decisiones difíciles de justificar con el paso del tiempo, como la salida de Sima al Elche Ilicitano, debilitando una posición clave. Todo ello obligó al club a corregir en el mercado de invierno lo que no se hizo bien en verano, en línea con lo que los inversores siempre han defendido: construir un proyecto con patrimonio real, sólido y sostenible en el tiempo.
La llegada de Rober Gutiérrez marcó un punto de inflexión. Su mensaje ha sido claro desde el primer día: competir cada partido. Trabajo, orden, disciplina y compromiso. Un enfoque radicalmente distinto, alineado con lo que exige la categoría y con la visión del club.
Se cuenta que el acuerdo con Rober se cerró casi antes de empezar: en un restaurante conocido de Tarancón, sin siquiera terminar el aperitivo. Bastó una conversación, una primera cerveza y un entendimiento inmediato. El feeling fue total. Quizá incluso quedó sellado en una servilleta. Pero más allá de la anécdota, hay una idea de fondo: el club entendió que primero había que dar. Dar a Rober y a su cuerpo técnico lo que necesitaban para construir. Y solo después vendría el retorno. Una filosofía alineada con la visión de los inversores: primero dar, luego recibir.
No deja de ser caprichoso que, pocos meses después de su salida, Rober haya vuelto para liderar uno de los proyectos más sólidos de la categoría, siendo —como siempre han destacado los inversores— una pieza esencial dentro de la estructura deportiva.
Hoy, gracias al trabajo del cuerpo técnico, el equipo ha alcanzado una estabilidad deportiva que está siendo clave también para la parte social. No se trata solo de que la pelota entre, sino de que no entre en nuestra portería, aunque el juego no sea “bonito”. Esa solidez, ese orden defensivo y esa competitividad constante hacen que sea muy difícil doblegar al equipo, generando confianza dentro y fuera del campo.
Y es inevitable hacerse una pregunta: ¿dónde estaría hoy el equipo si desde el inicio Rober y su cuerpo técnico hubieran estado al frente, acompañados de una planificación deportiva como la ejecutada en el mercado de invierno? Probablemente estaríamos hablando de una realidad muy distinta, tanto en resultados como en estabilidad y crecimiento.
Hoy, con perspectiva, la conclusión es evidente: el partido del Numancia no dejó ver el bosque. La decisión de septiembre no solo fue necesaria, sino acertada. Y el Conquense no solo ha ganado en el campo y en los juzgados, sino también en la grada, donde cada día su masa social crece, reflejo de un proyecto que vuelve a ilusionar y a conectar con su gente.


































































