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La historia de Jesús de Julián ‘El Chato’, el púgil que no quería colgar los guantes

La historia de la vida de Jesús de Julián “el Chato” no es nada fácil. Jesús tuvo que pelear con la vida (y nunca mejor dicho) y hacer frente a unas circunstancias que muchas veces le pusieron las cosas bastante difíciles. Pero gracias a su carácter de luchador, forjado en gran parte gracias a su personalidad y también a la práctica del deporte que siempre le apasionó, supo salir adelante y vencer las dificultades que la vida le fue poniendo.

            Jesús es conocido por sus amigos como el Chato, mote que él lleva con mucho orgullo pues le viene de su padre. Tiene 49 años. Nació el 12 de octubre de 1974 en Cuenca, ciudad que es también la de toda su familia.

            Jesús vivía de niño en el paseo de San Antonio, cerca de las Quinientas y toda su etapa escolar la vivió en el colegio de San Antonio (tanto en Párvulos como en EGB), un colegio que ya no existe pues fue demolido y en su lugar se construyó el actual Ciudad Encantada.

            Cuando tenía 12 años sus padres se hicieron con un bar en Cuenca. Su padre siempre estuvo dedicado al gremio de la hostelería y con mucho esfuerzo pudo llegar a ser propietario de un negocio propio. Y eso al Chato le llevó a pedirle a su padre, a los 14 años, que lo quitara de estudiar pues la escuela no le gustaba mucho y así podría ayudarle en el bar.

            Chato reconoce que nunca fue un buen estudiante y que estaba decidido a dejar los libros para trabajar, pero como era todavía tan joven a su padre le daba pena llamarlo temprano para ir con él y entonces tuvo un tiempo en que ni estudiaba ni trabajaba.

            De sus tiempos escolares recuerda que lo que más le gustaba y en lo que más destacaba era en Educación Física, aunque también las Ciencias Naturales le llamaban la atención.

            En las pistas del colegio jugaba al fútbol sala, no a nivel competitivo pero sí en las clases, en los recreos y a veces al salir del colegio. Pero no practicó deporte de manera reglada en aquellos años. Recuerda que las porterías se hacían con unas piedras, las chaquetas o las carteras.

            También recuerda que entonces se jugaba en la calle y se acuerda de juegos como el pillao, el churro, el teje… Ahora los niños se dedican a las maquinitas, a las videoconsolas, reflexiona echando la vista atrás.

            Con 14 años pues deja la escuela pero no es hasta los 16 cuando empieza a trabajar más en serio en el bar, echando más horas, pues al principio iba solo a ratos. Después sí que se encargó, con su padre, de llevar el bar; en verano incluso él llevaba la terraza.

            Con el paso del tiempo Jesús se da cuenta de que el bar no es lo suyo, la hostelería es un trabajo que no le llena demasiado pues recuerda que, sobre todo en verano, estaba casi todo el día trabajando, no había horario. Por eso pensó en cambiar de aires, en buscar otro trabajo. Y por eso cuando tenía 25 años su vida da un giro al marcharse a Peñíscola.

            De esa época recuerda su mala etapa, la peor de su vida, la que vivió de los 19 a los 25 años (que es cuando decide marcharse a otro sitio a buscar trabajo). Fue una época en la que “me tiré a la mala vida” y estuvo todos esos años muy mal y entonces decide que tiene que cambiar totalmente, que está destrozando su vida y la de sus seres queridos. Por eso decide cambiar el chip, dar un giro radical, no había otra solución.

            Eran seis hermanos y uno de ellos decidió buscar trabajo en la Comunidad Valenciana, en concreto en Peñíscola. Al poco tiempo él decide seguir los pasos de su hermano y se va con él, cansado ya del bar. En principio el pensamiento era el de estar un tiempo y regresar cuando se jubilase su padre para continuar con el negocio familiar, pues su padre alquiló el bar para cinco años y ellos pensaron en seguir después, pero al final decidieron quedarse en Peñíscola.         

            En su nuevo destino se dedicó a la construcción, entró de albañil en una obra y ahí estuvo muchos años, aunque actualmente trabaja en una cantera (en la que lleva cinco años), habiendo estado también, debido a la crisis, en otros trabajos. Incluso un tiempo tuvo que vivir en Mallorca (dos años) porque la crisis le obligó a ello.

            Es allí en Peñíscola donde empieza con el deporte. Cuando llega se apunta a un gimnasio y empieza sobre todo a hacer pesas; quiere intentar dejar atrás su pasado, los últimos años vividos y cambiar de forma de vida y para ello el deporte es fundamental para él. Empezó en Benicarló, pero le aburría lo de las pesas y lo dejó, aunque después lo volvió a retomar en un gimnasio de Peñíscola y allí además de las pesas también corría y jugaba al frontón y a frontenis, aunque lo dejó por un problema en los abductores. Pero desde niño le gustaba el boxeo, afición que compartía también su padre, con el que muchas veces veía los combates en la televisión, y le comentó un día al conserje del pabellón si podían comprar un saco de boxeo y colgarlo y le dijeron que sí y ahí empieza, con otros usuarios del polideportivo donde va él, también aficionados al boxeo, a pegarle al saco y también a hacer sombra, después de las pesas.

            Casualmente un ecuatoriano que había sido boxeador en su país se enteró de que unos chavales estaban entrenando en Peñíscola y se acercó por allí y empezó a darles clases de boxeo. Chato ya tiene entonces casi 30 años.

            Las sesiones de boxeo las daban en el mismo polideportivo donde ya estaban entrenando a su aire. Pero entonces se lo toman más en serio y salen a la pista de fútbol sala a hacer las sombras, el manoteo, a guantear un poco y luego dentro también le pegaban al saco. Esos fueron sus comienzos en este deporte, aunque recuerda que en realidad en Cuenca, con 15 años ya se compró un saco de boxeo, pero lo colgó y poco más, tampoco le hizo mucho caso en esa ocasión. Sí recuerda que de siempre le gustó el boxeo y  que con su padre fue alguna vez a los bajos del polideportivo El Sargal y allí veía entrenar a los pescaderos, los Castellanos, Salvador Abril, Manolo el del Martina y algunos más y eso le hizo empezar a aficionarse. Recuerda que incluso le dejaron probarse los guantes de boxeo alguna vez. Incluso acudió a algunas veladas que se celebraron en el frontón del polideportivo, donde se colocó un ring para los combates. Pero en Cuenca no pudo practicar nunca su deporte favorito porque cuando tuvo edad para hacerlo el boxeo ya había desaparecido de nuestra ciudad.

            Una vez que empieza a entrenar más en serio, la ilusión de Chato es la de competir, la de subir al ring para enfrentarse a un rival, pero con el entrenador que tenían no estaban federados ni nada. Además si llegabas a los 35 años y no tenías licencia federativa ya no podías boxear y se da cuenta de que le queda poco para cumplir esa edad, unos seis meses. Entonces se entera de que en Vinaroz funciona un gimnasio, el 8 Onzas, que tiene un club de boxeo también y se va para allá para intentar cumplir su sueño de pelear antes de cumplir los 35 años. Se apuntó y le pidió al entrenador el poder competir. Pero se vio mal, estuvo entrenando una semana y lo dejó. Se tiró unos cinco meses sin hacer nada de deporte, como si la ilusión de toda su vida se hubiera roto. Para él fue un palo psicológico pues le quedaba muy poco para poder sacarse la licencia y cumplir su sueño de subir a un ring de boxeo.

            Por suerte para él la federación amplió la edad para poderte federar y ya no era impedimento el tener 35 años. Así dos años después el mismo director del gimnasio de Vinaroz, el cual había cerrado, abrió otro en Benicarló, también de boxeo, y allí se dirigió el Chato de nuevo. Se apuntó pero no dijo nada de boxear, solamente empezó a entrenar, con la idea de pelear pero esta vez sin decir nada, no sea que le ocurriera como la vez anterior.

            Cuando llevaba unos tres meses entrenando, su entrenador le ofrece el poder pelear en una velada que iba a celebrarse. Chato lo mira sorprendido y le pregunta que cómo sabe que él quiere subir al ring y el entrenador le contesta que él sabe qué gente va allí para entrenar por entrenar y quienes van para poder pelear. Entonces él le reconoce que no había querido decirle nada por si le pasaba como la vez anterior, pero que esta vez sí estaba dispuesto a aprovechar la oportunidad si surgía.

            Entonces, ya con 38 años y cuando llevaba entrenando unos seis meses, debuta en un combate. Reflexiona que él empezó a la edad en la que la mayoría de los boxeadores ya están retirados. Esta primera pelea fue en Castellón y luego estuvo algo más de un año hasta volver a pelear.

            Ese primer combate lo ganó y reconoce que como tenía 38 años miedo no tenía ninguno, al contrario, estaba feliz porque iba a conseguir su sueño de subir al ring, temiendo eso sí, que el público se metiera con él por su edad. Ganó esa primera pelea a los puntos. Nunca ganó por KO pero tampoco perdió por KO ningún combate.

            Algo más de un año después llega su segundo combate, esta vez en Picaña, donde un amigo de su entrenador que era promotor le ofreció ir. Se enfrenta a un boxeador bastante experimentado y más joven que él, pero su entrenador tiene mucha confianza en él y también sale victorioso en esa segunda pelea.

            Con el tiempo Chato llega a ser subcampeón de la Comunidad Valenciana en el peso superligero. Esto lo pudo conseguir porque su club lo inscribió en ese campeonato autonómico. Recuerda que en ese peso superligero había unos nueve inscritos. En la semifinal tuvo la pelea más dura de su vida, conocía al rival porque había peleado con él ya una vez, se llamaba Juanfran y le costó mucho ganarle, terminó agotado.

            En la final, celebrada en Elche, perdió contra Juan Félix Gómez. De ese combate recuerda que fue la primera y única vez que lo tiraron en el ring y acabó perdiendo por puntos. Era un zurdo muy difícil de coger y en un intercambio de golpes me cogió una mano en la sien y fui al suelo, recuerda Chato, pero me levanté. Hice buena pelea, me salvaba el corazón, le echaba mucho coraje y además tenía buena condición física y me gustaba el pelear en corto, cuerpo a cuerpo, yo no rehuía eso, recuerda con nostalgia. Ese subcampeonato fue su mayor éxito como boxeador.

            Al Campeonato de España pasaban los campeones autonómicos pero ese año en peso ligero la Comunidad Valenciana no tenía ningún representante y entonces Chato baja de peso para poder ir a ese certamen nacional. Acudió y perdió en primera ronda con un canario que era muy alto y boxeaba muy bien, de hecho ese púgil fue finalmente campeón de España. Esta competición se celebró en la provincia de Murcia, en los Alcázares, en su Centro de Tecnificación Deportiva.

            En toda su vida como boxeador, Chato disputó 19 combates y otro más de exhibición en Cuenca. Ganó en 13 peleas y perdió en 6, nunca hizo combate nulo.

            Actualmente ya no pelea, se lo prohibieron con 41 años y se enteró de eso en el mismo ring durante un combate. El speaker anunció por megafonía que su rival iba a pasar al boxeo profesional y para sorpresa de todos también anunció que Jesús de Julián “el Chato” se retiraba del boxeo. Todo esto sin previo aviso ni nada, ni su entrenador ni él mismo conocían la noticia. Pero por cuestión de la edad le prohibieron el seguir peleando. Él se quedó sorprendido porque ese año ganó la mayoría de sus combates y además estaba en una muy buena condición física. Se veía muy bien y entiende que hay que proteger al deportista, pero hubiera deseado que le pasaran una buena revisión médica y decidieran en base a eso y no por los años que constaban en su DNI. El caso es que le retiraron la licencia cuando él pensaba que todavía le quedaba cuerda para este deporte. Su entrenador luchó mucho para que la Federación Valenciana de Boxeo cambiara los estatutos y que pudiera seguir boxeando como él quería.

            Pero está claro que esto lo marcó mucho y entonces dejó de entrenar, ya aparecía poco por el gimnasio, aunque en la playa hacía algo.

            Con 43 años se marcha a Mallorca y fue entonces cuando se enteró de que habían cambiado los estatutos de la federación de boxeo (parece que el empeño de su entrenador dio sus frutos) y entonces le vuelven a dejar boxear. Todavía disputó varias peleas, ganando las tres últimas y contra gente bastante buena y con 45 años sube por última vez al ring en Villarreal, poco antes de las Navidades. Esta vez no le dolió tanto que le retiraran la licencia, consciente de que los años no pasan en balde, aunque él hubiera seguido, su afición al boxeo siempre fue inquebrantable, él todavía se sentía muy bien pero aceptó que había disfrutado mucho, que venían las cosas así y que era el momento de seguir pero ya sin combatir.

            Y así lo hace, sigue entrenado, el día que quiere apretar y sudar bien pues se mete caña y si no le apetece descansa. Pero echando la vista atrás reconoce que fue muy feliz porque disfrutó con las victorias y también con las derrotas. Reconoce que solo tiene una espina clavada, en un combate en el que no lo dio todo y fue demasiado cauto. En las demás peleas salió contento, independientemente del resultado, porque siempre dio lo máximo y si el rival fue mejor no le importó darle la enhorabuena y seguir trabajando para mejorar en el siguiente combate.

            Una vez ya retirado, Chato tuvo la oportunidad de boxear en su ciudad y ante su público. Fue en un combate de exhibición (no podía ya pelear si no era así por tener la licencia retirada) en la velada celebrada en el polideportivo El Sargal de Cuenca el 2 de febrero de 2019. Esa noche Jesús tuvo la oportunidad de sentir el cariño de sus paisanos que casi llenaron las gradas preparadas para este acontecimiento pues acudieron más de un millar de conquenses a ver los combates programados pero sin duda el del Chato fue el que despertó más interés ese día entre el público. Además el boxeo volvía a Cuenca trece años después. El combate entre Chato (CB 8 Onzas) e Ilias Chakaf (CB Nudillos de Oro) puso la guinda a esa velada, una contienda vitoreada por todos los asistentes que por fin podían ver al púgil local en su ciudad. Como era combate de exhibición no tuvo resultado, fue combate nulo, pero sin duda fue un día muy emociónate para Jesús.

            Valorando su vida deportiva en el boxeo, Chato reconoce que este deporte le ha aportado mucha fortaleza física y mental, autoestima, muchos buenos momentos y muy buenas amistades y mucha positividad, todo ello con mucho sacrificio pero con mucha recompensa. Le ha merecido la pena y ahora sigue entrenado a su manera, para no perder la forma y espera que sea por muchos años más. De vez en cuando guantea en el gimnasio y reconoce que antes no le importaba que le pegasen, su entrenador le decía que parecía un toro, que con los golpes era cuando mejor arrancaba, le subía la adrenalina, pero con la edad ya no le gusta tanto, reconoce entre risas.

            No le es fácil definirse como boxeador. Su punto fuerte piensa que era el corazón, el empuje, la raza, mientras su punto débil tal vez fue un poco la falta de constancia, también el haber podido empezar antes en este deporte, le faltó continuidad en algunos momentos.

            Cabe destacar también la participación de Chato en la Carrera del Pavo de Cuenca en el año 2021. Resulta que leyó un artículo en el que contaban que un corredor había corrido una maratón saltando a la comba y eso a él le sorprendió mucho, sabedor de lo duro que es ese ejercicio, realizado por él cientos de veces en sus entrenamientos. Era impresionante que alguien pudiera correr la distancia de los 42 kilómetros de la maratón, saltando a la comba y más en carrera. Y se le ocurrió hacerle un homenaje a su padre, que le inculcó muy buenos valores y también su afición por el boxeo. Así que durante un mes se dedicó a entrenar con unas tablas de entrenamiento que le hizo Santiago García, bombero y excelente corredor, y se preparó para correr el Pavo saltando a la comba, como homenaje a su padre. Y corrió el último día del año así, cosa que le costó luego ir varias veces al fisio pues la rodilla izquierda se le quedó bastante tocada.

            Chato volverá a Cuenca, quiere volver a vivir en su ciudad, la tierra tira mucho, reconoce con nostalgia. No sabe cuándo, pero regresará al sitio que le vio nacer.

            Jesús de Julián es una persona agradecida y dice que siempre agradecerá a su familia todo el apoyo que le dieron. También se acuerda de Óscar Juan Peña Pau, director del CB 8 Onzas y entrenador suyo, que siempre confió mucho en él y así como muestra agradecimiento a sus compañeros de ese club. Y por supuesto a sus amigos que siempre le han apoyado también.

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