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Tolerancia cero ante el incívico

Ya se está hablando, y mucho, de lo sucedido en el Quintanar del Rey-UB Conquense. Y es una pena, porque lo que debía ser un partido histórico (primera vez que dos equipos de Cuenca se enfrentan en una categoría tan alta) lo acabó siendo, pero por motivos execrables. Hay que alabar a Nacho Ruiz y su valentía, primero por denunciarlo y después por no callar; también hay que criticar al presidente del Quintanar por no unirse a la causa y poner en duda e incluso hablar de una campaña en contra del equipo.

No, no hay ninguna campaña en contra del Quintanar del Rey. Sí, sí la hay contra todo aquel que utilice una entrada para verter odio, injurias, difamaciones y toda clase de descalificaciones impropias de personas educadas, civilizadas y concienciadas. Porque el deporte transmite valores como el compañerismo, la disciplina, el sacrificio, la perseverancia, la igualdad y, por encima de todo ellos, el respeto mutuo. Y mucho nos llenamos la boca al hablar de las bondades del deporte, pero deberían ser valores no solo para los practicantes de cada disciplina, sino para todos aquellos que acudan a cualquier evento de esta índole. ¡Qué leches! Son valores universales que deberían ser aplicados en todos los ámbitos de la vida, pero reconozco que me duele cuando se hace en el deporte, porque debería ser un lugar seguro (no olvidemos que en estos eventos hay muchos niños, y no creo que estos sean los valores que queremos transmitir a la sociedad del futuro).

El problema es mucho más grave de lo que pueda parecer y, desde luego, no nace en Quintanar del Rey (ojalá muriera tras este episodio). No hay que ir muy lejos, ya que en el mismo grupo, también se vivió un episodio similar en Majadahonda contra el meta de la UD Sanse Alberto Lejárraga. Ese, y otros tantos cientos de denuncias similares, hace ver que hablamos de un problema estructural de civismo y educación, que se reproduce fin de semana tras fin de semana por campos de toda España (y si algún quintanareño se siente ofendido deciros que sí, también se han visto ejemplos tremendamente reprochables en La Fuensanta). Y según bajas de categoría, incluso es mucho más habitual encontrarse con ofensas de todo tipo a rivales y árbitros.

Pagar una entrada no da derecho a insultar, o por lo menos yo no veo que en el teatro se descalifique a voz en grito a los actores si no gusta la obra. Tampoco veo que un visitante se cague en la familia de un artista al visitar su obra en algún museo. Es más, cuando alguna vez alguien se pasa de la raya en un museo o un auditorio, lo normal es que le echen de inmediato y al menos al agresor se le caiga la cara de vergüenza. Sin embargo, en el fútbol no.

¿Se imaginan ir por la calle y que alguien de repente empiece a insultarle, a tratar de menoscabar su honor, a difamar sobre usted? Es probable que ese episodio acabara en denuncia. Y todavía más probable que la denuncia recogiera que esa persona que vertiera dichos insultos estuviera cometiendo un delito de injurias -según recoge el artículo 208 del Código Penal, comete delito de injurias quien mediante acciones o expresiones lesiona la dignidad de otra persona, menoscabando su fama o atentando contra su propia estimación-.

Un delito que, en caso de considerarse probado y acabar en sentencia, hablamos de una de pena de multa de 3 a 7 meses -de 6 a 14 meses si los hechos se cometen con publicidad, es decir, reproducidos en medios de comunicación, redes sociales, foros, etcétera-. Poca broma. ¿Qué diferencia hay de proferir insultos en un campo de fútbol? Se lo digo, la impunidad de quien los lanza desde las gradas. Pero esa impunidad se debe cortar de raíz.

Porque es hora de plantarse. Es hora de aplicar la tolerancia cero. Es hora de erradicar esta lacra que, parafraseando a Nacho Ruiz, convierte en «feo un deporte tan bonito como el fútbol».

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Alberto Val